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Jano en la Mitología Romana

Cuando Creusa, hija del rey Erecteo de Atenas, tuvo un romance con el dios Apolo, se vio obligada a alejar de sí a su hijo, fruto de la relación entre ambos. Posteriormente, Creusa fue desposada por Xifeo, un hombre que por encima de todo deseaba tener hijos con ella. Tristemente, por más que lo intentase, no lo conseguía.

Cuando Xifeo acudió al oráculo para que éste le aconsejase, el oráculo le dijo que debería secuestrar al primer niño con el que se encontrase al día siguiente.La casualidad o el destino quisieron que éste niño, que había crecido en Delfos y abandonado por su madre, fuese el elegido por Xifeo para el secuestro. Desde entonces se le conoció como Jano.

Cuando el niño hubo crecido, se reveló como un indomable guerrero, llegando al punto de marchar hacia Italia con la intención de conquistarla, incluso fundó la ciudad de Janícula en su propio honor.

Tras la expulsión de Saturno de su trono a manos de Júpiter, el destronado huyó para refugiarse en los dominios del joven Jano. Saturno agradeció a Jano su hospitalidad regalándole el don de la clarividencia, pudiendo desde entonces ver el pasado y el futuro de manera simultánea. Así pasó el joven de indómito guerrero a convertirse en un dios, dotado de un agudo sentido de la justicia, propiciado por su conocimiento de lo ocurrido y de lo que está por ocurrir.

Esta doble visión es la razón por la que a Jano se le representa con dos caras mirando en direcciones opuestas, una al pasado y la otra al futuro, y como dios de los principios y finales, se le veneraba en Roma durante los momentos de conflictos y guerras, con la esperanza de que interviniese para poner orden en el caos.

En el templo de Jano en Roma, el dios tiene en una de sus manos el número 300, mientras que en la otra tiene el número 65, ambos como prueba de su dominio sobre el tiempo. Las puertas de este templo sólo permanecían abiertas en tiempo de guerra, para propiciar su mediación.

Foto vía: revistaenie