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La leyenda de Los Horacios

El Juramento de los Horacios, de Jacques-Louis David

Cuenta la tradición que alrededor de mediados del siglo XII a. C, luego de la destrucción de Troya, Ascanio, hijo del mítico héroe troyano Eneas, fundó la ciudad de Alba Longa y dio origen a una dinastía de reyes poderosos.

Para el siglo VII a.C. la ciudad de Roma había acrecentado su poderío con su tercer rey Tulio Hostilio y no vaciló en enfrentarse a su vecina Alba Longa. La guerra entre ambas ciudades dio lugar al legendario combate entre los Horacios y los Curiacios para darle fin al enfrentamiento.

Los Horacios eran tres hermanos trillizos, hijos de Publio Horacio. Uno de ellos estaba casado con Sabina, una joven albanesa, hermana de los Curiacios. Al mismo tiempo, uno de ellos era novio de Camila, hermana de Horacio. En la unión de ambas familias reside el elemento dramático de esta historia que se muestra en la obra de teatro Horacio, de Pierre Corneille, publicada en el año 1640.

Al declararse la guerra entre Roma y Alba Longa, ambos pueblos designan tres campeones que decidirán la suerte de las dos ciudades. Así, los Horacios fueron desafiados por los Curiacios, también hermanos trillizos, a pelear los tres contra los tres delante de los dos ejércitos en pugna. Antes de partir a combate, los Horacios realizaron su juramento ante su padre, dispuestos matar a los Curiacios para obtener la supremacía romana sobre los albanos. Este episodio fue retomado por artistas como Jacques-Louis David, que exaltó la virtud cívica y el heroísmo de los hermanos romanos.

Durante el enfrentamiento, solo uno de los Horacios sobrevivió y se las ingenió para dar muerte a sus enemigos, consiguiendo el triunfo de Roma y el dominio sobre Alba Longa. La ciudad fue destruida y jamás reconstruida, y sus habitantes se trasladados al monte Celio de Roma.

Se cree que en el siglo I a.C., tiempos del historiador romano Tito Livio, aún existían los sepulcros de los dos Horacios y lo tres Curiacios muertos en combate, así como la llamada columna Horaciana, en la cual se habían colgado los despojos de los Curiacios. Para el siglo XVIII, la leyenda de Los Horacios se convirtió en símbolo de las más altas virtudes de la República, enfatizando la importancia del sacrificio personal por el bien de la patria.