La Domus romana

En la antigua Roma, la arquitectura pública requería el mayor esfuerzo económico y artístico. Pero la arquitectura privada también tuvo sus logros y la domus romana se convirtió en un paradigma arquitectónico residencial. La erupción del Vesubio conservó en muy buen estado varias ciudades y pequeños pueblos, lo que nos permitió conocer la domus romana mejor que la griega.

Las familias romanas bien acomodadas solían habitar lo que se denomina domus, una casa unifamiliar en la ciudad, o bien una villa suburbana que funcionaba como una «casa de verano”, como las de Pompeya o la villa Adriana, en donde se rodeaban de naturaleza y, al mismo tiempo, podían controlar los trabajos agrícolas que les daban una renta. Por otra parte, las familias de menores recursos residían en viviendas colectivas llamadas insulae, que eran más pequeñas y albergan a más personas.

De poca higiene, iluminación y ventilación, éstas estaban realizadas con materiales baratos y eran frágiles, pero en las grandes ciudades la población aumentaba más y más y esto exigía la construcción de casas de alquiler. Ante la presión urbanística los arquitectos tuvieron que diseñar casas de varios pisos, por lo menos desde la época de Vitruvio, quien comenta que debido “al inmenso número de sus habitantes es necesario disponer de numerosísimas viviendas, y como la superficie del suelo no puede proporcionar cómodas habitaciones dentro de los muros a tanta gente, esto obliga a echar mano del recurso de la altura”.

La domus se organizaba según la vida privada de un miembro destacado de la sociedad, siendo ella misma un producto social que vinculaba el plano de las viviendas con el status social del propietario. Cada miembro de la familia tenía designado su espacio: el paterfamilias (dueño de casa), la esposa, los hijos y algunos parientes. Los esclavos no tenían un lugar específico por lo que se cree que dormían en el piso, cerca de la cocina o vigilando el sueño de los amos.

El antecedente de esta arquitectura es la casa griega, que se organizaba alrededor del peristilo, un patio interior rodeado de columnas. Los romanos concentraron la domus en torno al atrium, un vasto patio cuya parte central estaba descubierta, permitiendo una buena circulación de aire y luz, además de recibir el agua de la lluvia en un estanque situado bajo una abertura. Desde la calle se abría la puerta y se pasaba a un breve corredor formado por el vestíbulo y las fauces, separados ambos por una puerta cancel (ianua).

A ambos lados del pasillo de entrada había dos habitaciones que podrían ser negocios o despacho del paterfamilias. En el centro, el llamado atrium, cubierto por las cuatro vertientes del tejado que confluían (compluvium) hacia el interior, vertiendo el agua de la lluvia en un receptáculo en el suelo (impluvium). Alrededor del artium estaban las habitaciones y la primera que encontrábamos al entrar de frente era el tablinum, lugar de reunión de la familia y de recepción. En los sectores laterales se ubicaban los dormitorios (cubículos), los locales (alae) donde se conservaban en un armario las imágenes de los antepasados (imago maiori), y otros sectores con altares destinados al culto doméstico.

Las comodidades evolucionaron con el tiempo, ampliando los espacios e incorporando el uso del los sistemas de calor bajo los pisos que se empleaban en las termas, el vidrio para ventanas, el agua corriente, etc. La domus romana dejó restos de la forma de vida de sus habitantes que nos reflejan sus creencias, aspiraciones y actividades, permitiéndonos conocer mejor la organización familiar, las amistades, los dioses protectores del hogar, el culto de los antepasados y la recepción de la clientela.

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Categorias: Costumbres



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