Pompeya: historia, ruinas y qué ver en la ciudad sepultada por el Vesubio

Pompeya parecía condenada a desaparecer sepultada. Así pensarían muchos fanáticos que vieron en esta ciudad la sede del hedonismo y que incluso en su mismo nombre parecía jactarse del boato que en toda ella se respiraba. Pompa, de ahí dicen unos que surgió el origen de su nombre, cuando Hércules, victorioso de sus campañas en España, regresó pasando por Campania donde entró con toda la pompa que podía y donde fundó esta ciudad allá por el siglo VII a.C. Quien sabe si no es leyenda. Porque lo cierto es que hay otras teorías que basan su génesis en la palabra osca «pumpe» cuya traducción sería «cinco» en alusión a las cinco aldeas de la que dicen procedía.
Sea como fuere, sus inicios parecen asentarse en aquel siglo, el VII a.C. Era por aquel entonces una región cuyos asentamientos procedían de diferentes fuentes: los griegos habían estado en la zona desde dos siglos antes, mientras los etruscos llegaron precisamente en ese siglo. Más tarde serían los samnitas los que invadirían Campania y los que gobernarían con firmeza la ciudad de Pompeya convirtiéndola en un puerto moderno y una ciudad cada vez más próspera. Enfrentados a Roma, acabaron finalmente siendo colonia de éstos bajo el nombre de Conerlia Pompeianorum, y aunque perdieron parte de su territorio, al menos, sus habitantes recibieron la ciudadanía romana. Corría por aquel entonces el año 80 a.C.
Pompeya seguía siendo un importante puerto mercante y era zona de tránsito en el comercio hacia el interior. Sin embargo, los temblores sísmicos comenzaron a reproducirse cada vez con más frecuencia. En el año 62 d.C. un importante terremoto asoló parte de la ciudad, que hubo de ser reconstruida en parte gracias al capital de las clases más altas de la sociedad pompeyana. Apenas se recuperaría.
Un volcán que llevaba años anunciando su despertar
Aquel terremoto del año 62 no fue un episodio aislado. Durante los años siguientes los movimientos de tierra continuaron repitiéndose con cierta frecuencia y pasaron a formar parte de la vida cotidiana de los habitantes de Pompeya. Las reparaciones se sucedían en numerosos edificios, los albañiles trabajaban sin descanso y muchas viviendas todavía mostraban los efectos de aquel gran seísmo cuando la ciudad afrontó su destino definitivo.
Hoy sabemos que todos aquellos temblores eran la consecuencia de la actividad del Vesubio. Sin embargo, para los romanos el volcán no representaba ninguna amenaza. De hecho, ni siquiera eran plenamente conscientes de que aquella montaña cubierta de vegetación fuera un volcán activo. Hacía tantos siglos que permanecía en calma que nadie conservaba memoria de una gran erupción.
Pompeya continuó creciendo ajena al peligro. Sus comerciantes seguían llegando al puerto con mercancías procedentes de distintos puntos del Mediterráneo, las termas permanecían llenas de vecinos y las villas más lujosas continuaban ampliándose con jardines, fuentes y nuevos frescos. La vida transcurría con una aparente normalidad mientras la presión aumentaba lentamente bajo la montaña.
Vista desde la actualidad resulta fácil pensar que aquellas señales debieron de haber provocado la huida de la población. Sin embargo, pocas personas abandonan su hogar únicamente porque la tierra tiemble de vez en cuando, sobre todo cuando llevan años acostumbradas a convivir con esos movimientos. Aquellos pequeños avisos terminaron convirtiéndose en una falsa sensación de seguridad que nadie imaginó que precedería a una de las mayores catástrofes naturales de la Antigüedad.
Apenas 17 años después, el 24 de agosto del año 79 según los escritos de Plinio el Jóven, la erupción del Vesubio sepultó bajo la lava a las ciudades hermanas Herculano y Stabia, mientras que a la ciudad de Pompeya llegaba una intensa nube de cenizas, piedras volcánicas y azufre que la asoló dejando a su paso más de dos mil víctimas.
Lo que hoy se denomina nube piroclástica derrotó a una ciudad que se levantaba egocéntrica y hedonista como lo demuestran las múltiples muestras que como si de un molde de escayola se tratara llegaron hasta nuestros tiempos. Desde pinturas murales de un alto contenido erótico, hasta frescos o utensilios, reflejaban una forma de vida hecha para el goce. Ostentación y lujo para una ciudad de la que el Vesubio no tuvo piedad.

Una ciudad detenida en el mismo instante
Sin embargo, el verdadero valor histórico de Pompeya no reside únicamente en la magnitud de la tragedia que vivió, sino en la extraordinaria conservación de todo aquello que quedó sepultado bajo las cenizas.
En otras ciudades de la Antigüedad, el paso de los siglos borró calles, reutilizó piedras y transformó edificios hasta hacer desaparecer buena parte de su historia. Pompeya corrió una suerte muy distinta. La gruesa capa de piedra pómez y ceniza que acabó con la vida de sus habitantes protegió durante siglos viviendas, comercios y espacios públicos casi como si el tiempo hubiera dejado de avanzar.
Gracias a ello, hoy pueden contemplarse panaderías con sus hornos, tabernas donde aún permanecen las grandes tinajas destinadas al vino y al aceite, talleres artesanales, fuentes públicas e incluso grafitis escritos por los propios vecinos sobre los muros de la ciudad. Son pequeños detalles que permiten comprender cómo era realmente la vida cotidiana de una ciudad romana, mucho más allá de los grandes monumentos.
Las pinturas murales conservan todavía parte de su color original y los mosaicos siguen decorando el suelo de muchas viviendas. También aparecieron lámparas de aceite, utensilios de cocina, joyas, monedas, herramientas e incluso panes carbonizados que permanecían en los hornos cuando comenzó la erupción. Objetos cotidianos que, lejos de su valor artístico, han permitido reconstruir con enorme precisión cómo vivían, trabajaban y se relacionaban los habitantes de Pompeya.
Quizá por eso recorrer hoy sus calles produce una sensación difícil de encontrar en ningún otro lugar. No se visita únicamente un yacimiento arqueológico; se camina por una ciudad que quedó detenida en un instante concreto de la historia, conservando hasta los gestos más cotidianos de quienes nunca imaginaron que aquel sería el último día de sus vidas.
Muchos siglos después, en el año 1748, la ciudad fue redescubierta. Se encontraron numerosos restos arqueológicos, pero lo más curioso era encontrar auténticos moldes con forma humana. Al parecer, de aquellos habitantes sólo había quedado el molde hecho en ceniza petrificada. En 1860, el arqueológo Giusseppe Forelli recomendó rellenar aquellos moldes con yeso, dejando así las figuras tal cual encontraron su final muchos años antes. Figuras tan curiosas como la dueña de la Casa del Fauno, que aparece en el portal petrificada y con una bolsa de monedas en la mano.
Aunque son precisamente esos moldes humanos los que han terminado convirtiéndose en el símbolo más sobrecogedor de Pompeya. No representan únicamente a las víctimas de la erupción, sino el instante exacto en el que la historia quedó interrumpida. Familias enteras, personas que intentaron protegerse con un paño sobre el rostro, un perro todavía sujeto por su cadena o vecinos que buscaban una salida quedaron inmortalizados de forma involuntaria bajo las cenizas.
Lejos del dramatismo que puedan transmitir, estos hallazgos han permitido conocer aspectos muy concretos de la sociedad pompeyana. La posición de los cuerpos, los objetos que llevaban consigo o el lugar donde fueron encontrados ayudan todavía hoy a reconstruir cómo intentó escapar la población durante las últimas horas de la ciudad. Cada nuevo descubrimiento aporta una pequeña pieza más a un episodio que, casi dos mil años después, continúa siendo objeto de estudio por parte de arqueólogos e historiadores.

Pompeya, Patrimonio de la Humanidad
Con el paso de los años, las excavaciones de Pompeya no sólo permitieron recuperar una ciudad desaparecida durante siglos, sino que transformaron por completo la forma de estudiar el mundo romano. Ningún otro yacimiento arqueológico ha conservado con tanto detalle el trazado de sus calles, sus viviendas, sus comercios y los objetos de la vida cotidiana, ofreciendo una imagen tan completa de cómo era una ciudad hace casi dos mil años.
La trascendencia de estos hallazgos hizo que, en 1997, la UNESCO declarara Pompeya, junto con Herculano y la Torre Annunziata, Patrimonio de la Humanidad. Desde entonces, arqueólogos de todo el mundo continúan investigando un enclave que sigue proporcionando información de enorme valor sobre la arquitectura, las costumbres y la organización social de la antigua Roma.
Aunque buena parte de la ciudad ya ha salido a la luz, las investigaciones continúan. Cada campaña arqueológica aporta nuevos descubrimientos y ayuda a comprender mejor cómo vivían sus habitantes antes de que el Vesubio cambiara para siempre el destino de Pompeya.
Un poco de turismo por Pompeya
Como parte del Parque Nacional del Vesubio, y por su histórico y trágico pasado, la ciudad de Pompeya se ha convertido en un destino turístico ineludible cuando se viaja a Nápoles, provincia a la que pertenece. Múltiples excursiones parten cada día desde la capital napolitana para ver los restos que se conservan de aquel fatídico momento.
Sin duda, la visita debe centrarse en las antiguas ruinas donde podremos ver el Antiquarium, la Puerta de la Marina, el Foro, el Teatro, el Lupanar o las Termas, entre otros muchos edificios.
Organizar la visita a Pompeya
Recorrer Pompeya requiere tiempo. Aunque el recinto puede visitarse en apenas un par de horas, lo cierto es que merece la pena dedicarle, al menos, una jornada completa para descubrir con calma los rincones que mejor reflejan cómo era la vida en una ciudad romana. Cada calle conserva algún detalle que invita a detenerse: un mosaico casi intacto, una inscripción sobre un muro, una fuente pública o el mostrador de una antigua taberna.
El recorrido transcurre en gran parte al aire libre, por lo que durante los meses más calurosos conviene comenzar la visita a primera hora de la mañana y llevar agua suficiente. Tampoco hay que olvidar un calzado cómodo, ya que muchas de las antiguas calzadas conservan todavía los grandes bloques de piedra originales sobre los que caminaban los habitantes de Pompeya hace casi dos mil años.
Muchos viajeros aprovechan además la cercanía del Vesubio para completar la excursión ascendiendo hasta el borde del cráter. Desde allí resulta fácil comprender la estrecha relación que siempre existió entre la montaña y las ciudades que crecieron a sus pies, y contemplar desde las alturas el mismo paisaje que, durante siglos, convivió en aparente armonía con uno de los volcanes más famosos del mundo.
Lo curioso de esta visita será pasear y ver cómo era la vida de aquel entonces y observar cada detalle, casi milimétricamente puesto, de cómo quedó exactamente la ciudad justo después de la gran erupción del Vesubio.
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